El sonido de los golpes contra la puerta principal de madera reforzada era rítmico, pesado, como el latido de un gigante furioso. Mateo y sus hombres no iban a esperar a que amaneciera. Para ellos, cada minuto que la excavadora de la Corporación DArgent permanecía en el muelle era una traición que no perdonarían.
—¡Abran la puerta, DArgent! —gritaba la voz ronca de Mateo desde el otro lado—. ¡Salgan y den la cara antes de que echemos abajo este antro!
Emma apretó el pico con sus manos llagadas.