El sonido de las sirenas se alejaba, dejando tras de sí un silencio extraño que solo se rompía por el graznido de las gaviotas y el oleaje contra el muelle. Azkarion sostenía a Emma contra su pecho, con una fuerza que decía más que cualquier palabra. Tenía el olor del despacho de su abuelo pegado a la piel, pero el aire salado del puerto lo estaba limpiando poco a poco.
—Se lo han llevado, Emma —susurró Azkarion, con la voz rota—. Vi cómo lo esposaban. No dijo nada, ni siquiera me miró. Era com