La habitación estaba sumergida en una penumbra cálida, interrumpida solo por el resplandor de la luna que se filtraba por las cortinas entreabiertas. Isabella estaba recostada contra el cabezal de la cama, tratando de estabilizar su respiración después de lo ocurrido en la ducha, pero Gabriel no se lo ponía fácil. Él estaba medio sentado a su lado, con el torso desnudo y la piel aún irradiando el calor del agua, y su mano derecha seguía allí, moviéndose con una parsimonia posesiva sobre el pecho de Isabella, bajo la fina seda de su pijama.—¡Gabriel, ya basta! —lo regañó ella, aunque su voz carecía de la fuerza necesaria para ser una orden real—. Te dije que eso era suficiente por hoy. Me vas a gastar la piel.Gabriel soltó una risa baja, un sonido vibrante que parecía nacer en lo más profundo de su pecho. No retiró la mano; en su lugar, delineó la curva superior con el pulgar, disfrutando de la reacción instantánea de Isabella.—Nena, te dije que no habría más mujeres en mi vida, y l
Ler mais