El claro del Bosque Dickens, marcado por la reciente masacre de los lobos rebeldes, emanaba un frío antinatural. La luna llena, en su apogeo, proyectaba una luz plateada que hacía brillar la escarcha sobre las hojas caídas. Ekaterina Saint-Clair ya estaba allí. No vestía su traje sastre, sino una armadura táctica de cuero burdeos reforzada con placas de Kevlar, diseñada para la movilidad y la protección. En su espalda, el estuche de su rifle; en su cintura, dagas con empuñaduras de obsidiana. A su lado, sobre la tierra removida, descansaba un saco de arpillera grueso, atado fuertemente. El bulto permanecía inmóvil, pero Tamara, al llegar en su forma humana, con el dije de plata pulsando furiosamente contra su pecho, no le prestó atención de inmediato. Su odio estaba enfocado en la mujer de la sonrisa gélida. —Llegas a tiempo, Tamara Vespera —dijo Ekaterina, su voz arrastrada por el viento frío—. O debería decir, Luna de la Manada. —Ekaterina Saint-Clair —replicó Tamara, su voz
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