La atmósfera en los límites del sector norte había comenzado a espesarse, adquiriendo una cualidad eléctrica que erizaba el vello de los Lican mucho antes de que sus ojos percibieran peligro alguno. Tamara, cuya sensibilidad se había multiplicado por el vínculo compartido con la vida que latía en su vientre, caminaba por el lindero del bosque sintiendo que el aire mismo había cambiado de textura; ya no era la frescura húmeda de la tierra, sino un frío seco, estático, que parecía absorber el sonido de los insectos. Zack caminaba a su lado, con los hombros tensos y las fosas nasales dilatadas, detectando una anomalía que su instinto de Alfa no lograba clasificar. No olíaban a humanos, ni a pólvora, ni al rancio rastro de los antiguos cazadores; lo que flotaba en la brisa era una fragancia dulzona, casi floral, que ocultaba un fondo de ozono y metal viejo. Era una energía que no chocaba contra el bosque, sino que se filtraba en él como una mancha de aceite en agua clara, silenciosa y ab
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