Maya caminó hasta que el asfalto del puerto se convirtió en la arena dorada y gruesa de la playa de Arvanitia. El sol empezaba a bajar, tiñendo el Egeo de un naranja violáceo que dolía de lo hermoso que era. Se descalzó, dejando que el agua helada lamería sus pies, intentando limpiar mentalmente la imagen de Connor y esa mujer morena.—"Su hermana", ¡qué estúpida soy! —se recriminó en voz alta, pateando una concha—. Debería haber dicho que era su carcelera. O su peor pesadilla.—Para ser una pesadilla, tienes una voz muy dulce, muchacha.Maya dio un brinco, girándose con el corazón en la garganta. A unos metros, sentada sobre una manta de picnic extendida en la arena, había una mujer joven, de unos veintiséis años, con una sonrisa radiante y el cabello castaño recogido en una trenza desordenada llena de pequeña
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