Los días siguientes al atentado fueron un torbellino de caos y preocupación. Mi padre seguía hospitalizado, aunque fuera de peligro, y mi madre apenas se separaba de su lado ni siquiera para comer. William había duplicado la seguridad en la mansión y en el hospital, y los guardias patrullaban los pasillos con una tensión que se podía palpar en el aire. Walter había sido detenido, aunque su abogado ya lo había sacado bajo fianza, y Beatriz se había refugiado en el silencio, sin aparecer en ningún lado, sin contestar las llamadas, sin dar señales de vida. Era como si se hubiera tragado la tierra, y eso me preocupaba más que si estuviera frente a mí gritando amenazas.Yo apenas había dormido. Las pesadillas me despertaban cada dos o tres horas, siempre con la imagen del punto rojo sobre el pecho de William, siempre con el sonido del disparo, siempre con la sangre de mi padre empapando mis manos. William me abrazaba en la oscuridad, susurrándome que todo iba a estar bien, que ya había pas
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