El veintinueve de diciembre amaneció con un cielo gris plomizo que amenazaba más nieve antes del mediodía. Me desperté antes que William, como me había ocurrido en los últimos días, y me quedé un rato mirándolo dormir, sintiendo cómo la luz invernal que se filtraba por las rendijas de las cortinas dibujaba sombras azuladas sobre su rostro. Tenía el ceño ligeramente fruncido, como si incluso en sueños estuviera resolviendo problemas, y su mandíbula, esa mandíbula que había visto tensarse frente