Narrado por Helena.
El treinta de diciembre amaneció con un cielo despejado y una luz invernal que se reflejaba en la nieve recién caída como si el suelo estuviera cubierto de diamantes. No había vuelto a nevar desde la noche anterior, y el jardín de la mansión brillaba bajo el sol matutino con una blancura casi irreal, como si alguien hubiera extendido un manto de terciopelo sobre la tierra para la ocasión. Desde la ventana de mi habitación, podía ver a los jardineros despejando los caminos, a