25 de diciembre, 7:00 a.m.La nieve había cubierto todo rastro. Pero yo sabía que alguien había estado allí. La nota en mi mesa de noche no apareció por arte de magia. Alguien entró en esta casa. Alguien cruzó el jardín. Alguien subió las escaleras.Y William no se dio cuenta.Eso era lo que más me dolía. Que él, que siempre lo veía todo, que siempre estaba alerta, no hubiera escuchado nada. Que la seguridad de la mansión, que él mismo había instalado después de lo de Laura, hubiera fallado.Me quedé en la ventana, con la nota apretada en el puño, mirando los árboles cubiertos de nieve. Las ramas, antes tan hermosas con su manto blanco, ahora parecían garras extendidas hacia el cielo gris.—¿Ya despertaste, mi amor? —La voz de William llegó desde la cama, ronca, perezosa. —¿Por qué no me llamaste?Me di la vuelta. Él se incorporaba, restregándose los ojos, con el cabello rubio desordenado sobre la frente y las sábanas cayendo sobre su cintura. Por un momento, la imagen de ese hombre p
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