La fiesta continuó como si nada hubiera pasado. Los invitados reían, brindaban, bailaban al ritmo de la orquesta, ajenos a la tensión que había quedado flotando en el aire después del intercambio de palabras con Beatriz. Las flores blancas y doradas seguían perfumando el salón con su aroma a lirios y rosas, y las copas de champán se alzaban una y otra vez en brindis que no significaban nada, gestos vacíos de gente que celebraba porque se suponía que debían celebrar.
No pude evitar observar a Be