Los días que siguieron a la cena de Anastasia Ashworth fueron extraños. No porque algo hubiera cambiado en mi vida, sino porque yo había cambiado. Algo se había roto dentro de mí, algo que no sabía que existía hasta que aquellas mujeres lo pisaron con sus tacones de aguja y lo dejaron hecho trizas. No era mi orgullo, eso ya lo había perdido muchas veces antes. Era algo más profundo. Era la certeza de que, por más que lo intentara, por más que me esforzara, por más que demostrara mi valía, siempre sería la intrusa. La que no pertenece. La campesina que se atrevió a cruzar la línea que separa a los que tienen de los que no.William notó el cambio. Me miraba con una preocupación que no se atrevía a expresar, y por las noches me abrazaba más fuerte, como si temiera que me fuera a evaporar entre sus brazos.—¿Estás bien? —Preguntaba, cada mañana, cada tarde, cada noche.—Estoy bien —Mentía, cada mañana, cada tarde, cada noche.Pero no estaba bien. La cena de Anastasia Ashworth había sido s
Leer más