5:00 AM.En la madrugada del sábado, la mansión Winchester amaneció envuelta en una niebla espesa que se pegaba a los cristales como una gasa húmeda y difuminaba las siluetas de los robles del jardín. El sol tardaba en abrirse paso entre las nubes grises, y la luz que entraba por los ventanales era pálida, casi fantasmal, como si el día se negara a comenzar. Helena llevaba horas despierta, sentada en el borde de la cama, con las manos apoyadas sobre el vientre y la mirada perdida en el vacío. A su lado, William dormía con el ceño fruncido y la respiración agitada, atrapado en algún sueño del que no podía escapar.La foto de Lucy seguía sobre la mesilla, junto a la carta que la niña había leído la noche anterior. Helena la había mirado cien veces, estudiando cada detalle, cada sombra, cada reflejo, buscando alguna pista que pudiera llevar al fotógrafo. Pero no había nada. Solo Lucy, sonriendo a cámara, ajena al peligro que la acechaba. Solo esa frase maldita que le había roto el corazó
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