La semana después del funeral de Jackson y Rodríguez fue la más larga que Helena había vivido en la mansión. No porque ocurrieran cosas terribles, sino porque no ocurría nada. El silencio se había instalado en cada rincón de la casa como una niebla espesa que no se disipaba ni con el sol de la mañana ni con el calor de la chimenea. William se encerraba en su oficina desde el amanecer hasta bien entrada la noche, revisando informes, llamando a abogados, planeando la siguiente fase de su venganza