92: La Fiesta de las Hienas.
La invitación llegó en una tarjeta de color marfil con bordes dorados, tan pesada que parecía un billete de lotería. Margaret me la entregó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, como si ya supiera lo que yo aún no había aprendido: que las invitaciones de la alta sociedad neoyorquina eran más una sentencia que un honor.
—¿De quién es? —Pregunté, mientras la abría con dedos curiosos.
—De la señora Anastasia Ashworth —Respondió Margaret, con un deje de desdén en la voz. —La esposa del senador