Me lancé en medio de los dos. Sentía el calor de la espalda de Ricardo y la mirada de acero de Julián perforándome la frente. El aire en la habitación estaba tan cargado que costaba respirar; olía a whisky, a lluvia reciente y a un odio que llevaba años madurando en silencio.—¡Ya basta! ¡¿Es que los dos están locos?! —les grité, y mi voz sonó chillona, rota por la desesperación—. ¡Se van a matar por una mujer que ya no está, mientras destruyen todo lo que queda!Julián no se movió. Ni siquiera parpadeó ante el cañón del arma. Ricardo, en cambio, tenía el dedo tensado en el gatillo, con los nudillos blancos y los ojos inyectados en sangre.—¡Quítate, Valentina! —rugió Ricardo, aunque su voz temblaba ligeramente—. ¡Este infeliz tiene que pagar por lo que le hizo a Elena! —¡Nadie le robó nada a nadie, Ricardo! —Julián dio un paso al frente, ignorando el peligro, con esa arrogancia suicida que solo él poseía—. Elena tomó sus propias decisiones. Tú fuiste su escape, pero yo fui su realida
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