Me lancé en medio de los dos. Sentía el calor de la espalda de Ricardo y la mirada de acero de Julián perforándome la frente. El aire en la habitación estaba tan cargado que costaba respirar; olía a whisky, a lluvia reciente y a un odio que llevaba años madurando en silencio.
—¡Ya basta! ¡¿Es que los dos están locos?! —les grité, y mi voz sonó chillona, rota por la desesperación—. ¡Se van a matar por una mujer que ya no está, mientras destruyen todo lo que queda!
Julián no se movió. Ni siquiera