Julián me tenía atrapada. Sus manos, grandes y callosas, se apoyaron a ambos lados de mi cabeza, golpeando la madera del pasillo. Estaba tan cerca que podía sentir el calor que desprendía su cuerpo, un contraste violento con el frío de la noche. —Te di una oportunidad, Valentina —susurró. Su voz era un gruñido bajo, empañado por el whisky—. Te pedí que lo cuidaras, no que destruyeras lo poco que queda de paz en esta casa. —¡Paz! —le grité. No iba a bajar la mirada, aunque el corazón me golpeara las costillas—. ¡Esto no es paz, Julián! ¡Es una tumba! ¡Has roto el único recuerdo de su madre frente a sus ojos! ¿Eso es cuidarlo? —No sabes nada de ella —sentenció él. Sus ojos grises, inyectados en sangre, bajaron a mis labios por un segundo antes de volver a clavarse en los míos—. No sabes lo que esa mujer significaba. No tienes derecho a tocar sus cosas. No eres nadie. Esa frase me dolió más que su agarre. No eres nadie. Recordé por qué estaba aquí. Recordé a mi padre suplicando, las f
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