Había pasado un mes desde aquella noche terrible en el hospital. Un mes donde el aire en la hacienda había cambiado, volviéndose más liviano, más cálido. Mayo se había ido dejando atrás el calor sofocante para dar paso a un junio más amable. Para mi sorpresa, la tormenta de Isabella se había disipado; no había vuelto a aparecer por la propiedad, y de Ricardo, el hermano de Julián, no se sabía nada, lo cual era la mejor noticia que podía recibir.En este tiempo, Julián y yo habíamos encontrado una especie de tregua que se sentía extrañamente parecida a la felicidad. Cada noche, cuando el silencio envolvía los campos de agave, él me buscaba. Ya no había rastro de aquel hombre frío que me repudiaba semanas atrás. Sus manos, antes distantes, ahora recorrían mi piel con una urgencia que me dejaba sin aliento. Hacíamos el amor con una intensidad que parecía borrar los contratos, las deudas y las sombras de Elena. Me sentía parte de él, parte de esa cama de seda y, sobre todo, parte de esta
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