La primera noche de Valeriah en el trono de cristal no trajo la paz de la victoria, sino el frío de la tumba. El castillo de "Luz de Luna", que antes le parecía un bastión de honor, ahora se sentía como una carcasa vacía, llena de ecos de mentiras centenarias. Los ancianos se habían retirado a sus aposentos, rumiando su derrota en las sombras, y su padre, el Alfa Bray, se había recluido en la torre más alta, consumido por una vejez que parecía haberle caído encima de golpe tras entregar el mando. Valeriah no podía dormir. Se despojó de su armadura, pero mantuvo el colgante de cristal que Marcus le había entregado. La piedra quemaba contra su piel, una conexión persistente con un pasado que ya no le pertenecía. Se vistió con una túnica de seda negra, tan fina que se sentía como una caricia pecaminosa, y descendió a las criptas bajo el castillo, un lugar prohibido para todos excepto para el gobernante de sangre pura. Las criptas olían a incienso y a magia estancada. Allí, tras una
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