El silencio que siguió al estallido de poder de Valeriah era más pesado que el estruendo de los cañones rúnicos. En el centro del patio de armas, bajo una luna que sangraba un rojo visceral sobre las piedras de obsidiana, Valeriah no parecía una guerrera; parecía una deidad antigua reclamando un sacrificio. Su cabello plateado flotaba en el aire estático, y sus ojos, pozos de una oscuridad infinita con destellos dorados, estaban fijos en los dos hombres que habían intentado moldear su existenci