En poco tiempo llegaron al castillo de obsidiana y la luna ya está en lo alto de una noche despejada.
En esas tierras el Castillo de Obsidiana no era un tlugar para el descanso, sino para una vigilia cargada de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Valeriah se erizara constantemente. El silencio de la fortaleza no era pacífico; era el silencio de vacío y ausencia que contenía el aliento antes del zarpazo.
Valeriah no había pegado ojo. Se negaba a despojarse de