Capítulo 50Sarah.Siete días. Ese era el tiempo que Alejandro llevaba tratándome como si fuera parte del mobiliario de la oficina. No había gritos, no había sarcasmo, no había miradas furtivas cargadas de ese deseo que solía hacerme temblar. Me pedía informes con la misma calidez con la que se le pide un café a una máquina, y yo le respondía de la misma manera, aunque por dentro sintiera que me estaba asfixiando en ese vacío.El jueves por la mañana, su voz sonó a través del intercomunicador, sin ningún matiz emocional.—Sarah, ven a mi oficina.Me levanté, me alisé la falda y entré. Él no levantó la vista de su tableta. Estaba impecable, como siempre, con una camisa blanca que resaltaba el bronceado de su piel y sus hombros anchos.—Mañana es la gala benéfica de la Fundación Horizonte —dijo, pasando una página digital—. Asistirás conmigo, como mi asistente personal —dijo, con una dureza que me cortó la respiración—. Llevarás la agenda de los inversores, tomarás notas de los acuerdo
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