El regreso a Atenas no fue una celebración, fue una ocupación de los sentidos. El aire salado del Egeo nos recibió con la promesa de una seguridad que, sabíamos, era solo una tregua antes del incendio final. Al entrar en la mansión, Mavros cerró las puertas de roble con un estruendo que pareció sellar nuestro destino. El poder había cambiado de manos, pero el peligro se había vuelto íntimo, doméstico, casi carnal.Spiros y los hombres formaron un anillo de acero en el jardín, pero dentro, en el ala privada, solo quedábamos nosotros. Mi padre, Arthur, se había retirado a su despacho con una botella de whisky y un silencio cargado de culpas. Mavros, todavía con el traje de la infiltración pero sin la máscara de aristócrata, me observaba desde la penumbra del pasillo. Sus ojos grises estaban inyectados de una lujuria oscura, una mezcla de alivio por el rescate y esa posesión animal que lo definía.—Pon a los niños en la guardería, Majorie —dijo, su voz era un susurro ronco que me erizó l
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