El coche blindado derrapó frente a las puertas de hierro de la Embajada de los Estados Unidos en Berna, levantando una nube de gravilla y nieve derretida. El sol del amanecer empezaba a teñir las cumbres de los Alpes de un rosa violento, pero dentro del vehículo, el ambiente era de pura ceniza. Mavros mantenía el motor rugiendo, con una mano en el volante y la otra empuñando su Beretta, mientras Spiros y sus hombres saltaban de los vehículos de apoyo para formar un semicírculo de fuego defensivo.—¡Abran las malditas puertas! —rugió Mavros por el megáfono del coche—. ¡Llevamos a un ciudadano estadounidense herido y bajo protección federal!A mi lado, Arthur Moretti respiraba con dificultad. Sus dedos, largos y huesudos, se aferraban a mi mano con una fuerza que me recordaba a la infancia, antes de que el mundo se volviera oscuro. Leonidas, milagrosamente, dormía en su asiento, ajeno a que su abuelo real estaba a centímetros de él, envuelto en una manta de hospital manchada de sangre.
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