El olor a caucho quemado, salitre podrido y aceite de motor inundaba el aire estancado de los muelles de Brighton Beach. El almacén de los Sokolov se alzaba como una mole de hierro oxidado contra el cielo nocturno de Brooklyn, un sarcófago de secretos donde la mafia rusa guardaba su cargamento más valioso. Mavros se movía a mi lado como una sombra de muerte; ya no quedaba rastro del hombre que, minutos antes, me susurraba promesas al oído en el ático. Ahora era solo acero, pólvora y una furia contenida que amenazaba con incinerar todo a su paso por habernos interrumpido.—Escúchame bien, Majorie —susurró Mavros, pegándome a su pecho una última vez antes de dar la orden de asalto. Sus manos, todavía calientes por el combate en el ático, apretaron mis hombros—. El Lobo Blanco era solo el aperitivo. Lo que hay ahí dentro es el corazón de la operación de los Sokolov en Nueva York. Entramos, destruimos y tomamos lo que es nuestro. Si alguien se rinde, es tuyo. Si alguien corre, es mío.—No
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