Atenas se despertaba envuelta en una calima espesa, un aire pesado que parecía presagiar la tormenta que se gestaba en el horizonte político tras el regreso triunfal de Mavros. Sin embargo, dentro de los muros de la mansión, el ambiente era de una calma forzada, una paz de seda que ocultaba las grietas de mi propio cuerpo. Me encontraba en la biblioteca, revisando los últimos informes financieros sobre la caída de las acciones de los Van der Bilt —mi pequeña obra maestra de venganza—, cuando sentí el primer aviso.No fue un dolor agudo, sino una presión sorda, una marea que subía desde mi vientre bajo y lo ponía duro como el mármol de las columnas. Me quedé inmóvil, con la pluma de oro suspendida sobre el papel, esperando que pasara. "Es solo el cansancio", me dije, recordando las palabras del Dr. Aris sobre el segundo trimestre. Pero a los pocos minutos, la presión regresó, acompañada de un tirón que me hizo soltar un jadeo ahogado.—¿Majorie? —la voz de Mavros tronó desde el umbral.
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