Atenas crujía bajo un calor de agosto que derretía el asfalto, pero dentro de la mansión Kyriakos, el aire acondicionado mantenía una temperatura glacial, casi tan fría como el silencio que se había instalado entre Mavros y yo desde la noche en que el teatro de las sombras se desmoronó. Habían pasado tres meses desde que desterré a mi padre, Arthur Moretti, y desde que puse a Mavros en una "celda de seda" dentro de su propia casa, permitiéndole manejar la logística pero prohibiéndole el acceso a mis aposentos y a mi confianza.A mis treinta y seis semanas, mi embarazo era una carga gloriosa y pesada. Mi vientre, el sagrario del próximo Rey de las Sombras, se sentía bajo y tenso, un recordatorio constante de que el tiempo se agotaba. Caminaba por el jardín de invierno con una túnica de gasa negra, escoltada por Spiros, quien ahora solo respondía ante mí. Mavros no estaba allí; según los informes, llevaba cuarenta y ocho horas desaparecido en el puerto, cerrando el "asunto final" que yo
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