La tarde en la mansión Kyriakos se desmoronaba en tonos de violeta y oro, una calma engañosa que yo ya había aprendido a no creer. Estaba sentada en el solárium, rodeada de las plantas exóticas que Mavros hacía traer de medio mundo para que el aire que yo respiraba fuera "puro", cuando el sonido de pasos acelerados rompió el silencio de mi lectura. No eran los pasos rítmicos de los guardias, sino el trote nervioso de un mensajero.Spiros entró primero, con el rostro más pálido de lo habitual. En sus manos enguantadas sostenía una caja de madera de ébano, pequeña, elegante y sospechosamente pesada. Detrás de él, Mavros apareció como una sombra de tormenta. No llevaba chaqueta y su camisa blanca estaba desabrochada hasta la mitad, revelando el sudor de una jornada de interrogatorios en el puerto. Al ver la caja sobre la mesa de cristal, sus ojos grises se entrecerraron hasta convertirse en dos rendijas de acero líquido.—¿Qué es esto, Spiros? —preguntó Mavros, su voz bajando a un regist
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