El siseo del gas anestésico al filtrarse por las boquillas de alta presión del techo de titanio resonó en el habitáculo de cuarentena con la frialdad de un silenciador corporativo. El aire, antes saturado de pólvora y desinfectante, se volvió denso, portador de un dulzor químico que quemaba los alvéolos y entumecía los sentidos con la precisión de una ejecución matemática. Sentí cómo la rigidez de mis piernas fallaba, obligándome a deslizarme por el mamparo de hierro hasta que mis rodillas impactaron contra el suelo frío de la sala. Ligeia, envuelta en los jirones púrpura de mi vestido de seda, descansaba sobre el metal, ajena al espectro de los Li Fonti de Marsella que nos contemplaba desde el otro lado del ojo de buey.A través del cristal reforzado de la puerta de titanio, el rostro del cirujano suizo mantenía esa fijeza cínica de los hombres que han cambiado el juramento médico por los balances de pérdidas de la red profunda de Londres. Su mano seguía apoyada en la palanca manual
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