El estruendo del derrumbe reverberó en las entrañas de Kythira con la fuerza de un cataclismo bíblico. Bajo el impacto de las cargas de demolición de la cala este, la pista de aterrizaje de tierra y mármol se partió en dos, hundiéndose hacia la garganta del abismo en un alud de escombros y fuego sordo. Los helicópteros de la Interpol, atrapados en la succión del colapso, se inclinaron como juguetes rotos, sus aspas golpeando las rocas antes de desaparecer en el sudario de humo blanco y agua salada que ascendía desde el fondo del acantilado. La fortaleza entera tembló; el suelo de piedra del ala norte se ladeó de forma violenta, obligándonos a clavar los talones en las grietas del pavimento para no ser arrastrados hacia el mismo vacío.Me sostuve de la barandilla de titanio del búnker, sintiendo el desgarro de la seda púrpura de mi vestido contra el metal ardiente. El aire se volvió irrespirable, saturado de gas de aviación, azufre y el polvo calizo de la roca que se desintegraba bajo
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