El crepúsculo sobre el mar Jónico no era un anuncio de descanso; era una herida abierta en el cielo, una línea de sangre y fuego que cortaba el horizonte de Kythira con la misma precisión con la que mis códigos habían desangrado las cuentas secretas del Vaticano. La brisa marina, ahora fresca y cargada de sal, arrastraba los últimos restos del humo industrial de la cala este. La fortaleza de mármol blanco se alzaba majestuosa sobre los acantilados, limpia de los casquillos de bala de los Moretti, pero en su interior, el eco de la guerra total seguía vibrando en cada rincón del despacho principal. Habíamos cerrado las subastas de Manhattan y silenciado a la Bratva en las cumbres alpinas, pero el tablero internacional no admitía espacios en blanco.Me quedé de pie frente a la gran mesa de caoba maciza, vistiendo un vestido largo de seda fina en un tono púrpura imperial que se adhería a mis caderas con una suavidad pecaminosa. La tela caía en pliegues perfectos hasta el parqué, ocultando
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