El amanecer sobre el mar Jónico no trajo paz; trajo la cruda claridad que sigue a una carnicería perfecta. El humo denso del furgón y de las lanchas interceptoras de los Moretti se arrastraba flojo sobre la superficie del agua, tiñendo el cielo rosa de Kythira con vetas grises que parecían cicatrices en el horizonte. La fortaleza de mármol blanco se alzaba imperturbable sobre los acantilados, pero sus jardines inferiores, una vez decorados con estatuas aristocráticas, eran ahora un testimonio de tierra batida, casquillos de bala y la hiedra quemada que el azufre de los explosivos había consumido. La purga de la cala este había concluido, y con ella, el último cabo suelto de la Quinta Avenida se hundía en el abismo del Mediterráneo.Caminé por el sendero principal de la villa, sintiendo cómo el dobladillo deshilachado de mi vestido de seda púrpura se arrastraba sobre los restos de mármol y grava. Llevaba la carabina compacta colgada a la espalda, el metal aún caliente rozando mi piel d
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