La noche siciliana no era oscura; era negra, una negrura espesa que parecía emerger de las entrañas del Etna para tragarse cualquier rastro de piedad. Desde el balcón de la Villa dei Sospiri, el mundo olía a azufre y a la adrenalina metálica que precede a una masacre. Mavros estaba a mi lado, terminando de ajustar su chaleco táctico bajo la chaqueta de diseño. Sus movimientos eran precisos, casi quirúrgicos, el ritual de un hombre que se prepara para entrar en el infierno y salir con la cabeza del diablo en un saco.—Calogero cree que sus muros de piedra del siglo XVII lo protegerán de la tecnología del siglo XXI —dijo Mavros, su voz era un murmullo glacial que cortaba el viento—. No entiende que, para cuando nos vea llegar, ya habremos borrado su existencia de todos los registros bancarios de Europa.—No solo quiero sus bancos, Mavros —respondí, ajustando la funda de mi Glock en el muslo, justo bajo la seda de mis pantalones de combate—. Quiero que vea cómo su linaje se desmorona ant
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