La niebla sobre el Golfo de Nápoles se adhería a la piel como una mortaja de sal y queroseno. Eran las once y cincuenta de la noche. El muelle número cuatro, abandonado por las compañías navieras tras los últimos sabotajes de la Bratva, se había convertido en un cementerio de contenedores de acero y silencio. Mavros y yo esperábamos en el interior de un contenedor vacío, adaptado como centro de mando táctico. El olor a óxido y a humedad me quemaba los pulmones, pero mi mente estaba fría, tallada en el mismo mármol de los Vatatzes. Llevaba un abrigo de cuero que ocultaba mi chaleco y dos pistolas. Mi cabello estaba suelto, peinado hacia atrás, dejando que el diamante negro brillara bajo la tenue luz de una farola intermitente. Mavros estaba a mi lado. Su hombro, todavía con la herida del Hudson, estaba tenso, pero su mano no se separaba de la mía. La nueva alianza era mucho más fuerte que la muerte.—El cebo funcionó, mi reina —susurró su voz ronca, vibrando contra mi piel—. Lorenzo ha
Leer más