El sol apenas se filtraba por las contraventanas de la villa de Amalfi cuando el sonido del llanto de Leonidas nos arrancó del sueño. No había sirenas, no había hombres armados golpeando las puertas, y por un segundo que pareció una eternidad, el mundo real dejó de ser una zona de guerra. Era el día que nos habíamos prometido. Una tregua de veinticuatro horas antes de que la trampa que le habíamos tendido a los hombres de Lorenzo en Grecia se cerrara por completo. Mavros se incorporó lentamente, la herida de su hombro aún dolorida, pero su mirada gris estaba despojada de esa urgencia homicida que nos había acompañado en el Mediterráneo.—Tenemos doce horas, Majorie —dijo él, su voz aún ronca por el sueño, acariciando mi mejilla con una ternura que contrastaba con la crudeza de nuestras vidas—. Doce horas donde no hay familias, ni códigos, ni príncipes. Solo nosotros cuatro, respirando el mismo aire sin tener que mirar las sombras.Asentí, sintiendo una calidez inusual en el pecho. Lle
Leer más