El puerto de Long Island amaneció sepultado bajo una capa de niebla gris, tan densa y fría que parecía el aliento de los muertos que habíamos dejado atrás en el Mediterráneo. Las grúas comerciales se alzaban en la distancia como esqueletos de acero negro custodiando los secretos que el Atlántico arrojaba a nuestras costas. Eran las cinco de la mañana, la hora en que Nueva York cambia de guardia y la mafia de cuello blanco duerme, dejando las calles a los verdaderos dueños de la sangre.Mavros permanecía de pie en el muelle privado de la Corporación Kyriakos-Vatatzes, con su abrigo largo de cachemira abierto, dejando ver la funda táctica de su arma. Su rostro era un bloque de mármol tallado por la paranoia y el poder absoluto; sus ojos grises, fijos en el buque de carga Odessa Star que se mecía perezosamente en las aguas salobres, reflejaban una furia que el triunfo de la noche anterior en el Hotel Plaza no había logrado aplacar. Volvíamos a estar en guerra, pero esta vez, el enemigo n
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