La noche que siguió a la tregua no fue un descanso, sino una vigilia armada. En la suite principal de la mansión Vance, el aire se había vuelto denso, cargado con una electricidad estática que hacía que la piel de Elara hormigueara bajo las sábanas de seda. Dante no volvió a la cama. Se mantuvo como una gárgola de sombras, recortado contra el ventanal mientras el humo de su cigarrillo dibujaba espirales pálidas que morían contra el cristal frío. Sus ojos, dos esquirlas de grafito, no se apartaban de la figura en la cama. No la miraba con el deseo de un hombre, sino con la fijeza de un depredador que vigila su propiedad tras detectar intrusos en el perímetro. Para él, Elara ya no era solo una mujer o un recuerdo de su hermano; era un territorio bajo asedio que solo él tenía el derecho de devastar. Elara, por su parte, mantuvo la farsa del sueño. Sus párpados estaban sellados, pero sus sentidos estaban hiperagudizados: cada chasquido del encendedor de Dante era una detonación en
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