El eco de la puerta cerrándose tras Dante todavía vibraba en las paredes de granito cuando Elara se dejó caer contra la madera fría. El silencio de la torre era más pesado que cualquier grito. Afuera, el Mar del Norte bramaba como una bestia hambrienta, pero dentro de ella, el vacío era absoluto. Había visto a Camila. Había visto su reflejo maligno en la oscuridad de los acantilados, y la certeza de que nadie —ni siquiera el hombre que afirmaba poseer cada átomo de su cuerpo— le creía, era una herida más profunda que cualquier castigo físico. Dante Vance era un hombre de lógica, de datos y de pruebas irrefutables. Para él, los ojos de Elara eran solo una herramienta de manipulación, y su desesperación, una actuación digna de un Oscar. En su oficina, tres pisos más abajo, Dante no encontraba la paz. El whisky en su vaso permanecía intacto. Observaba el informe de ADN sobre la mesa. 99.9%. La ciencia no mentía. La genética no tenía motivos para trai
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