El aire en la suite principal de la mansión Vance cambió de peso en un solo latido. Ya no era el oxígeno aséptico y frío de una sala de hospital; ahora estaba cargado de una electricidad estática, una vibración invisible que erizaba el vello de la nuca. Dante permanecía con su frente pegada a la de ella, los ojos cerrados y la mandíbula tan apretada que los músculos de su cuello parecían cuerdas de piano a punto de romperse. Contaba los latidos del pulso de Elara contra su propia piel como si f