El amanecer en la mansión de los Vance no trajo luz, sino una claridad gris y metálica que se filtraba por los ventanales blindados de la suite principal, estirando las sombras sobre el suelo de mármol como dedos acusadores. Elara no había dormido; el silencio de la casa, roto solo por los pasos rítmicos y pesados de Martha en el pasillo, era una tortura más efectiva que cualquier grito. Estaba despojada de todo: de su orgullo, de su voluntad y, sobre todo, de su identidad. Para los muros de esa casa, y para el hombre que ahora ocupaba el mismo espacio respiratorio que ella, ella no era más que Camila, la deuda de sangre que nunca terminaba de pagarse. A las siete de la mañana, la puerta de la suite se abrió sin previo aviso, golpeando el tope con un sonido seco. Martha entró con un vestido de seda color perla colgado del brazo —un color que simbolizaba una pureza que todos en esa casa creían que ella había podrido hace mucho tiempo— y una bandeja de plata que tintineaba con una
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