El espejo del vestidor devolvía la imagen de una mujer que Elara no reconocía. El vestido, una pieza de seda color sangre que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, era una elección deliberada y cruel de Dante. Él quería que ella destacara, que fuera el centro de todas las miradas condenatorias de la noche. Joyas de diamantes negros adornaban su cuello, sintiéndose como grilletes fríos contra su garganta, recordándole que cada respiración suya tenía un precio que él cobraba cada noche. —Hoy cenaremos en la residencia de Harrison Thorne —anunció Dante, apareciendo tras ella en el reflejo. Su smoking negro era impecable, pero su mirada era la de un verdugo—. No intentes tus trucos de humildad con él, Camila. Harrison conoce cada una de tus mañas y no tiene mi "paciencia". Elara tragó saliva, sintiendo el vacío del sobre que había destruido, pero cuyas palabras seguían tatuadas en su mente. “Gracias por llevar mi cruz, hermanita”. Si Harrison Thorne la conocía tan bien, ¿notarí
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