La habitación de servicio estaba sumida en una penumbra asfixiante, rota solo por el haz de luz plateada que se filtraba por la claraboya. Elara soltó un grito ahogado cuando sintió que la manta le era arrebatada con una violencia animal. Se incorporó de golpe, con el corazón martilleando contra sus costillas como si quisiera escapar de su pecho. Frente a ella, Dante Vance se alzaba como una deidad enfurecida, su respiración agitada y sus ojos clavados en su piel con una intensidad que quemaba.