El eco del discurso de Dante aún resonaba en las paredes de mármol del Museo de Arte Moderno, pero para Elara, el sonido era solo un ruido blanco, una distracción necesaria. Sus ojos, empañados por una mezcla de terror y determinación, estaban fijos en la escalera de caracol que conducía a las oficinas del tercer piso. Cada latido de su corazón parecía un tambor de guerra en sus oídos. Sabía que tenía exactamente tres minutos; tres minutos antes de que Dante bajara del podio, antes de que los aplausos cesaran y su mirada de halcón la buscara entre la marea de rostros hipócritas de la élite. Apretó el bolso contra su costado, sintiendo el metal frío del teléfono de Camila. Era su salvación y su condena. Con un movimiento felino y fluido, se deslizó entre un grupo de diplomáticos que reían con sus copas de champán, sus voces chirriantes ignorando la tragedia que se tejía a pocos metros. Su vestido Azul Zafiro Medianoche se camuflaba en las sombras de los pasillos laterales, una mancha
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