El reloj de pared de la cocina de la mansión Vance marcó las tres de la mañana con un eco que se sintió como una sentencia. Elara se deslizaba por las sombras del pasillo, con el corazón martilleando contra sus costillas de una forma tan violenta que temía que los guardias pudieran escucharlo. Llevaba los pies descalzos para no hacer ruido sobre el mármol frío, y su uniforme gris se sentía como una piel extraña que quería arrancarse.
Lo que Elara no sabía, mientras se acercaba a la gran cocina