Pasada la medianoche, la propiedad quedó sumida en una penumbra sepulcral. En el ala norte, Elara se encontraba sentada en el borde de la inmensa cama de huéspedes. No se había quitado la ropa, ni se había descalzado. El frío del lugar parecía filtrarse directo a sus huesos, pero el verdadero suplicio estaba en su mente. La impotencia y el dolor crudo terminaron por desbordarla. Se levantó de golpe, incapaz de soportar el encierro, y caminó hacia el minibar de la habitación con las manos temblándole sin control. Necesitaba apagar el incendio que le quemaba las entrañas. Sirvió un vaso de whisky puro, luego otro, y un tercero. El alcohol quemó su garganta, pero no logró anestesiar la herida sangrante de su pecho. Con los ojos inyectados en llanto y la mente un poco nublada, pasada de copas pero con una valentía desesperada, salió de su habitación. Sus pasos autómata la llevaron directo al ala principal, guiada por el hilo invisible del amor que se negaba a morir. Abrió la puert
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