El rugido de los motores de la flota de camionetas blindadas sepultó el sonido de la tormenta que golpeaba los cristales de la residencia. Abajo, en el vestíbulo principal, el ambiente se había vuelto tan denso que resultaba difícil respirar. Elara bajó los escalones de la escalinata sosteniendo las manos de Amara y Mateo con un agarre firme, convirtiéndose en el único pilar sólido para sus hijos en medio del colapso de su universo. Detrás de ellos, la niñera transportaba apenas dos mochilas pe