La sesión del comité ejecutivo se extendió por casi tres horas, convirtiéndose en un despliegue de proyecciones financieras y análisis de riesgos. Durante la jornada, Viviana Belmonte demostró una agudeza empresarial implacable; intervino con una seguridad que captó la atención de los socios más antiguos. Sin embargo, cada vez que buscaba la aprobación del director general, se topaba con una muralla de granito. Dante procesaba los datos, formulaba preguntas quirúrgicas y firmaba autorizaciones, pero su mente permanecía en un plano distante, blindada por una frialdad absoluta. Al declararse el cierre de la reunión, los ejecutivos desalojaron la sala entre murmullos. Arturo Belmonte se despidió de Dante con un firme apretón de manos, visiblemente satisfecho por el debut de su heredera. Viviana, en cambio, se retrasó a propósito. Acomodó sus carpetas con parsimonia estudiada hasta que la inmensa estancia quedó ocupada únicamente por ella, el magnate y Marcus, quien permanecía inmóvil
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