Un alboroto generalizado estalló entre los invitados, que comenzaron a moverse en sus asientos, llenos de confusión. En la entrada del palacio de cristal, burlando la seguridad exterior, apareció Seraphina. Su aspecto era espeluznante. Llevaba un vestido de seda verde esmeralda que se ceñía a su cuerpo, pero su rostro estaba pálido, desencajado, y su cabello pelirrojo colgaba desordenado sobre sus hombros, empapado por el sudor de la demencia. Tenía los ojos inyectados en sangre, desorbitados, fijos únicamente en la pareja que estaba en el altar. —¡Seraphina, detente ahí mismo! —rugió Marcus, avanzando con tres hombres del equipo de seguridad. —¡No me toquen! ¡Aléjense de mí! —chilló Seraphina, dando traspiés por el pasillo central, empujando los arreglos florales a su paso. Su voz resonaba contra las paredes de vidrio, multiplicándose en un eco estridente—. ¡Dante! ¿Por qué nunca me elegiste a mí? ¡Estuve siempre a tu lado! ¡Siempre esperé aunque sea una sola mirada! ¡Yo soy la
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