Elara se dejó caer de espaldas contra la pared lisa del pasillo, deslizándose lentamente hasta quedar sentada en el suelo. El suelo de losetas blancas reflejaba la monstruosidad de su aspecto: una novia cubierta de la sangre del novio, con el cabello enredado y el rostro manchado de lágrimas rojas. Cruzó los brazos sobre sus rodillas y comenzó a mecerse, envuelta en un frío repentino que parecía venir de lo más profundo de la tierra.
Poco después, los pasos apresurados de Sophie y la señora