Las sirenas aullaban en la distancia, un sonido agudo y estridente que cortaba la calina del mediodía y destrozaba lo que quedaba de paz en la residencia Vance. El aire, antes impregnado del aroma de las orquídeas y las rosas blancas, ahora apestaba a pólvora, a hierro y a muerte.
Elara no se movía. Permanecía de rodillas sobre el frío suelo, con el cuerpo de Dante firmemente apretado contra el suyo. Sus manos, que tantas veces habían buscado la calidez de su esposo para encontrar refugio, a